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Historia de la Villa

Historia de la Villa

De la edad antigua al siglo XIV

 
Aunque dentro del término de Calella no se conoce ningún vestigio de poblamiento de época ibérica,  sabemos que toda la franja costera del Maresme era habitada por la tribu de los layetanos, esparcida en pequeños poblados situados en enclavamientos elevados de fácil defensa. A partir del siglo I AC, el progresivo proceso de romanización hizo surgir nombrosas villas en las zonas bajas del litoral, comunicadas por la vía romana que conducía a Barcino. Se trataba de mansiones agrícolas, dedicadas a la producción de trigo, aceite o vino. En Calella han sido excavados, en la zona del hospital, los restos de una villa romana fechada entre los siglos I aC i I dC.

A parte de esto, no hay ninguna otra referencia histórica destacable del término durante todo el primer milenio de nuestra era. Después de la ocupación árabe, a partir del siglo IX, el término formaba parte de una extensa demarcación que iba desde Caldetes hasta Tordera. A  partir del siglo XI está documentada la existencia del vecindario de Capaspre, integrado en la parroquia de Pineda, bajo la dependencia señorial del castillo de Montpalau. Estaba formado por un reducido nombre de masias situadas arriba del todo de la riera, con una torre de defensa y un par de capillas, dedicadas a Sant Quirze y a Sant Elm.

El topónimo de Calella aparece documentado desde el principio del siglo XII. A partir de ese momento, alejado el peligro sarraceno, algunos vecinos de Capaspre construyeron las primeras casas de pescadores cerca de la desembocadura de la riera.
 

El nacimiento de Calella

 
Hay dos fechas clave que condicionan el nacimiento del núcleo agrupado de Calella. La primera es el año 1327, cuando el rey concedió el privilegio de celebrar mercado semanal; y la otra el 1338, cuando el vizconde Bernat II de Cabrera, señor de Montpalau, otorgó carta de poblamiento y franquezas a los habitantes de “tots los poblats en lo lloch de Calella” (todos los poblados en el sitio de Calella), por los que establece personalidad colectiva bajo el nombre de Universidad de Calella del término de Montpalau. En este documento se fijan los límites de la población (desde la actual calle de Romaní hasta la riera, y desde el mar hasta la montaña del Roser). Los privilegios de la carta de poblamiento, confirmados de nuevo por los Cabrera en 1429, y el desarrollo de la pesca, favorecieron el aumento de población y el crecimiento urbano. Desde 1400 residió en la villa el alcalde de Montpalau, que ejercía la jurisdicción en nombre del vizconde, y a lo largo de todo el siglo XV muchas familias campesinas del vecindario de Capaspre abandonan los caseríos para vivir en la villa.
 

La edad moderna

 
Según el fogaje de 1497, el núcleo urbano de Calella tenía 35 casas habitadas, más 9 hogares en los vecindarios de Capaspre y Vallderoure. Durante el siglo XVI, la villa configuró su entramado urbano centrado en la plaza, donde se celebraba el mercado, y las calles de la Iglesia, Jovara, de Mar (Bartrina), Batlle y la Clota, conocida también como barrio de Salvador, por el gran número de solares que esta familia poseía en esta zona.

De aquella época se conservan varios casones, muchos de ellos fortificados por el peligro que suponían las incursiones  de los corsarios turcos y berberiscos. En 1525, el papa autorizó la creación de la parroquia de Calella, independiente de Pineda, y tres años después se iniciaron las obras del templo parroquial. Mientras duraba la construcción, los vecinos de Calella recibían los sacramentos en la capilla de Sant Elm, dedicada a partir del siglo XIX a Sant Quirze y a Santa Julita. En 1564 se consagró la nueva iglesia y en 1599 los Cabrera otorgaron nuevos privilegios estableciendo la organización definitiva del consejo municipal, representado por jurados y consejeros, renovables anualmente, y dividiendo los habitantes en tres clases: acomodados, menestrales y jornaleros.

Hubo después un largo período de estancamiento causado por las guerras y las epidemias que asolaron el país durante el siglo XVII. A partir de 1714, una vez terminada la Guerra de Sucesión, la villa inició un continuado proceso de crecimiento y pujanza económica, pasando de los 768 habitantes en 1718 a los 2.637 en 1787.  Paralelamente, las tradicionales actividades agrícolas y pesqueras se vieron ampliadas con la construcción de barcos y la elaboración de randas. El último tercio de siglo, gracias a la liberalización del comercio con las colonias americanas, fue la época dorada del comercio ultramarino, que contribuyó decisivamente al desarrollo industrial de tota la comarca. La emigración hacia los nuevos mercados y el enriquecimiento de muchos comerciantes –los “americanos”- favoreció, con su retorno muchos años después, el desarrollo económico de la villa.

Según el viajero Francisco de Zamora, que visitó la región en 1790, Calella tenía unas 550 casas, una flota de 5 barcos de cuatro toneladas y 60 barcas de pesca; había 370 hombres matriculados como gente de mar y la elaboración de randas ocupaba a casi mil mujeres. Se desarrolló también en aquella época la tradicional industria del género de punto. En 1767 había llegado el primer telar i en 1790 ya había más de 200, dedicados a la fabricación de medias de seda i de algodón.
Hacia la mitad del siglo XVIII se hundió la iglesia, reconstruida poco después y ampliada a partir de 1785. A finales de siglo, muchas nuevas calles se habían añadido al núcleo inicial, mientras los grandes ejes de desarrollo eran la calle de la Iglesia y la calle Jovara.

Los siglos XIX y XX

 
Las primeras décadas del siglo XIX se vieron afectadas por la conmoción que causó la Guerra del Francés y las posteriores revueltas revolucionarias. Aún así, la actividad industrial, centrada en el sector textil, y el comercio trasatlántico se mantuvieron a buen ritmo. A partir de 1854 se inició la construcción de grandes barcos y barcas de pesca y poco después, en 1861, el tren llegó por primera vez a Calella. En esos momentos, la población llegó a su máximo, superando los 3.500 habitantes, con un posterior estancamiento hasta finales de siglo. La sacudida que supuso para el comercio marítimo la pérdida de las colonias se vio compensada con la instalación de las primeras fábricas movidas por vapor, hacia el 1885.

Las primeras décadas del siglo XX fueron una época de esplendor para la industria de Calella, restañada por la guerra civil. El bajón en el sector textil fue paralelo al espectacular desarrollo del turismo, sobretodo a partir de los años sesenta. Este proceso queda reflejado claramente en la demografía: fuerte crecimiento entre 1900 y 1930, estancamiento entre 1930 y 1960, y crecimiento espectacular durante los años sesenta y setenta.

El desarrollo turístico y la fuerte inmigración han transformado radicalmente la imagen tradicional del municipio, con una gran densidad de hoteles y apartamentos de segunda residencia. La falta de espacio urbanístico ha propiciado el crecimiento de municipios vecinos, con la aparición de nuevos barrios, como Poblenou (Pueblo Nuevo) de Pineda, subsidiario de Calella.
 

El patrimonio histórico y artístico de Calella

 
A pesar de la espectacular transformación del municipio a partir de los años sesenta, Calella conserva, en buena parte, la estructura urbana de su núcleo original y el trazado cuadriculado de su primer ensanche, descrito por el viajero Zamora en 1790, cuando cualificaba la ciudad como “el pueblo más gracioso que hemos visto en nuestro viaje, por la rectitud y anchura de sus calles, regularidad de sus edificios, limpieza y aseo de las casas y calles...”.

Del poblamiento del término anterior al nacimiento del núcleo urbano queda muy poco. Solo el Mas Salvador testimonia la importancia de la agricultura en la economía del municipio durante muchos siglos.

La parte más interesante de la ciudad es sin duda el entorno de la Plaça de la Vila, donde a partir del siglo XIV se celebraba el mercado que originó el posterior crecimiento urbano. Vale la pena destacar los varios casones góticos, que conservan en gran parte su estructura original y los elementos decorativos del siglo XVI: portales adovelados, ventanas conopiales con escudos esculpidos y restos de matacanes defensivos. Algunos de ellos han sido cuidadosamente restaurados, mientras que otros necesitan una urgente reforma. En cualquier caso, este conjunto de edificios constituye la parte más valiosa del patrimonio arquitectónico de Calella y se debería hacer un esfuerzo para reivindicar su importancia, tanto desde el punto de vista artístico como histórico.

Dentro del mismo sector está la capilla de Sant  Quirze y Santa Julita, del siglo XVI, y no muy lejos la iglesia parroquial de Santa Maria y Sant Nicolau (San Nicolás), obra barroca del siglo XVIII que conserva en la portalada los magníficos relieves de Jean de Tours, procedentes del altar del primitivo templo del siglo XVI.

El Museu-Arxiu (museo-archivo) de Calella está instalado en un casón del siglo XVII y constituye una buena muestra de la tradición i de la obra de varios artistas locales. Tiene un interés especial el fondo documental conservado en el archivo histórico, nutrido con la aportación de diferentes familias de Calella, con pergaminos que se remontan al siglo XI y que permiten repasar la historia de la ciudad desde sus orígenes.

Los siglos XVIII y XIX han dejado su huella en las fundaciones religiosas de los capuchinos y de Lestonnac y en las ruinas emblemáticas de las antiguas torres de comunicación óptica.

Y finalmente, la arquitectura del siglo XX se expresa con sus diferentes lenguajes estéticos en un buen nombre de edificios de principios de siglo, en las obras del que fue arquitecto municipal, Jeroni Martorell, y especialmente en el enorme complejo de la antigua fábrica Llobet-Guri, una parte de la cual es actualmente de propiedad municipal.

En definitiva, constituye un notable conjunto patrimonial, en general poco conocido y divulgado, con elementos de un interés que sobrepasa el marco estrictamente local.

Calella
Guía del patrimonio histórico y artístico
Centro de Estudios y Divulgación del Patrimonio
1997


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